Todo lo que sé sobre Blaise Cendrars

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Cendras era un recamador en el sentido literal de esta hermosa palabra desusada: un zurcidor, un escritor exagerado que desfiguraba los hechos inventando circunstancias y deteniéndose sobre ellas, capa sobre capa, hasta convertir tela burda en fino encaje. Es mi escritor favorito. No el tutelar, porque me es imposible desacralizar a Camus y a Thomas Bernhard. Los tres son escritores disímiles, para tiempos homogenizadores: uno empeñado en exprimir la vida, otro interesado en describir las fibras del pensamiento, y el tercero encarnecido en impugnar la naturaleza humana. El más esquivo que siento a la hora de hacer su perfil es Blaise Cendrars.
Nadie vivió como Cendrars. Era su última reencarnación. Vivió para olfatearlo todo, probarlo todo, experimentarlo todo. Fue soldado y contrabandista. Fue poeta y andariego. Fue agricultor y director de cine. Fue funámbulo de un circo en Londres, cantor de Music Hall. Marinero en el mediterráneo y el báltico, en rutas que atravesaban el atlántico en quince días de le Havre a New York. Recolector de aceitunas en Medio-Oriente. Mercader de perlas en Teherán. Cafetero en Brasil. Segador de trigo en Canadá. Documentalista de elefantes en Kenia. Escritor consagrado Aix-en-provence, además de la treintena de oficios nobles e innobles (peón, pugilista, mesero, marinero, soldado, matón) en los lugares más peligrosos del mundo: el frente oriental de la primera guerra mundial, la China del opio, la selva brasilera, la selva del Congo, Guatemala en guerra civil, Francia ocupada por los nazis. Vivió para sentir. Si ser sensible es dejar que el mundo te influya, Cendrars era el hombre verdaderamente sensible: “Es posible que la poesía pura sea dejarse impregnar y descifrar en sí mismo la firma de las cosas”. Decía también que vino al mundo para aprovechar hasta la última gota de libertad. Es explicable. Cada día era su último día: había sobrevivido a la Gran Guerra (la del 14: Francia-Alemania-Rusia-Italia). Un obús alemán le cortó el brazo derecho. Sin brazo escribió veinte libros. Sin brazo estuvo en Bolivia, trabajando en las minas de Estaño. Sin brazo estuvo en Brasil filmando boas y fundando la industria de combustibles vegetales. En Paraguay sembrando café. Un loco peligroso. Un lobo de mar. Un veterano de dos guerras. En la guerra Nazi, sin brazo, fue espía de Francia. Sin brazo se refugió después de los cincuenta años para escribirlo todo en una veintena de libros Aix-en-provence, al sur de Francia: en la vieja ruta de los goliardos, los mejores poetas del mundo. Cendrars escribía a máquina, a todo vapor, con los cinco dedos de su mano izquierda. Escribía una pregunta: “¿Qué papel desempeña la imaginación en la definición de un perfume?” Y luego decía que La paz, Bolivia, olía a ozono. Que Rio de Janeiro olía nido de boa. Que Rotterdam olía a hierro fundido.
Dedicaré este mes de sol a todo lo que sé sobre Blaise Cendrars.
Si estuviera vivo, si fuéramos amigos, no me lo perdonaría: ¡qué forma de perder el tiempo, gilipollas! (como dice su traductor) !que te den por el culo, chaval!

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