Miyó Vestrini y las zanahorias ralladas

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Hubo un tiempo en el que el mayor acto de rebeldía de una mujer consistía en tener un orgasmo. Hubo un tiempo en el que el mayor acto de indisciplina de una mujer consistía en leer un libro. Hubo un tiempo en el que el acto más revolucionario de una mujer consistía en conseguir un amante. Hubo un tiempo en el que el mayor acto de independencia de una mujer consistía en abortar un hijo en una quebrada. Hubo un tiempo en el que el mayor acto de rebeldía de una mujer era quitarse la ropa en la calle. Uf, qué duro es ser mujer. Pero ahora que el acto político más revolucionario de una mujer consiste en volverse hombre, hay que leer de nuevo a Miyó Vestrini:

El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente
O un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
Con fuerza,
Para que duela
Y aprendes a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
La-muerte-en-realidad-te-parecía-la-única-salida
O que lo haces
Para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
Ya te han dado la espalda
Y están mirando el tubo transparente
Por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
Es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
Porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó a prisa
Y en diez minutos,
Ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio dónde llorar,
Ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
Dicen,
Como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
Nunca diré una palabra sobre tu vida
En ningún libro,
Si puedo evitarlo.


Detallo su foto: la frente recta, masculina, un ojo desviado, uno apagado, dientes flotantes, separados y salientes, amarillos, como maíces, a causa de la nicotina; el pelo recortado de cualquier forma, las líneas de perro que denuncian la llegada y el paso de los treinta años. Media boca sonríe. Media lo duda. Posee al mismo tiempo la frialdad del hombre que se siente ridículo ante la cámara y la fotogenia de la dama acostumbrada a sonreír cuando la miran. Pruebo a ocultar la mitad de su rostro con un dedo: la derecha me sonríe, aunque muestra un atisbo de timidez, una curva ovalada y calvicie incipiente: rostro de niña prematura, envejecida a destiempo. Pruebo a ocultar la otra mitad: mandíbula angular, con risa falsa. Ojo atento, pero incapaz de parpadear, como el ojo de un animal muerto, o de una lagartija al asecho. Ahí está: es la cara de un hombre equivocado de cuerpo.

El espejo se vuelve suave bajo mis dedos
Comienza a llenar la casa.
Crece de pared a pared
En el vértigo de mi cuerpo
Vértigo de campiñas y luces imprecisas.
Vuelve el asombro.
Ahora lo sé: sólo las mujeres de ojos hermosos
no envejecen.
Sólo los hombres de sueños inquietos
Cantan cuando se levantan.
Si hubiera sabido esto
No me agarran viva.

Hay que reconocerlo: después de un siglo de desgaste y desprestigio, el verso libre, la poesía en prosa, está terminada. Sólo queda someterla al paro que pedía Gombrowicz en su conferencia Contra los poetas: “de vez en cuando, hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros”; parar la producción y rescatar del olvido a sus maestros secretos. Miyó Vestrini es una de las grandes poetas prosaicas. Los poetas prosaicos que ha dado latinoamérica se pueden contar con los dedos de la mano: Nicanor Parra, Joaquin Pasos, Rosario Castellanos, Cesar Vallejo, Reinaldo Arenas, Enrique Linh, Raúl Gómez Jattin. El verso libre no es tan libre como piensan los hijos de vecino y como suponen los hijos de puta. Hoy podemos decir que inclusive tenían razón en indignarse los defensores del metro clásico: un soneto de Lope de Vega tenía que expresar la idea, el espíritu del poema, en un corsé de metro y rima; lo que hacía de la poesía un ejercicio difícil, meditado y algebraico; pero también riguroso y exclusivista. La poesía del siglo XX se rebeló contra ese corsé, y en la refriega se democratizó la forma. Lo que buscan decir los detractores del verso libres es que al mismo tiempo que dejó a la poesía en manos de todos, la trivializó, la puteó, la prostituyó (como todo lo que se fabrica en masa). El verso libre exhortó a cualquier hijo de vecino para que llenara páginas de prosa impunemente, las partiera en trozos arbitrarios y le pusiera por rótulo “poema” o “poemario”.
Miyó Vestrini es una de las grandes poetas prosaicas. Su poesía es prosa, pero es sobretodo música, y música desordenada, como el jazz, como el punk. Curioso en una poeta que no escribía desde los antros sino desde la cocina. Tal vez por esa inclinación a la cotidianidad, a las palabras simples de quienes regresan a casa después de un día de fracasos, su obra poética siga latente, viva, como un diario íntimo. Sus temas se cuecen en una marmita, se conciben detrás de una estufa, o en el fondo de una vulva desecada. Las sangrías en sus poemas parten las escenas y las ideas y las enumeraciones. La poesía de Vestrini nació para que la expresara, no para inundar mercados:

¿Qué hiciste hoy?
Leí el periódico y no reconocí a ningún amigo.
Derretí la escarcha de la nevera para que la cerveza enfriara mejor.
Me di un baño de espuma.
Sequé mi cabello.
No parece que hayas hecho tantas cosas.
Hago muchas cosas y nadie se da cuenta.
Puedo verme en el fondo de las ollas
Y en el piso de la cocina,
Pero no saliste. Lo habías prometido.
Estuve en la parada.
Levanté la mano y nadie se detuvo.
Tampoco leíste el libro que te compré.
No tuve tiempo.
Nunca tienes tiempo.
Tú tampoco. Y no te molesto preguntando
¿qué hiciste hoy?
Imagino cómo pasan las horas en esta casa.
Pasan,
te lo aseguro,
pasan.

Me la acaban de revelar. Lo único que sé de ella es el nombre que le puso su madre al nacer: Marie-Jose Fauvelles. En Francia, 1938. Pero vivió en Maracaibo, Venezuela, y allí se suicidó en 1991. Periodista y poeta.
Miyó Vestrini fue su seudónimo.
Agradezco a Diario de la cámara oscura esta revelación.

Aun tengo el rumor en mis oídos
De los pies desnudos
Sobre vidrios rotos.
Y de una adolescente que golpea la suela de sus zapatos
Contra la espalda del amigo moribundo.
La opinión genera
Era que debíamos entristecernos.
Pero sólo la gracia de la irreverencia
Nos había tocado,
Por arte de magia.
Seguíamos con la cabeza en el mismo lugar
En la perspectiva de un viejo grabado de Da Vinci.
Ellos eran buenos,
Nosotros,
Mejores.
Sobre el muro,
Un letrero para la recompensa:
Si ves a un negro durmiendo, no lo despiertes;
Está soñando que es blanco.
La muchacha aplicada,
Escribió debajo:
Si ves a un blanco durmiendo, no lo despiertes;
Está soñando que un negro lo viola,
Mi hijo,
Mi pan,
Mi amor,
Palabras simples de los que regresan a casa
Y se echan a dormir,
Para no hablar.
Fugazmente,
Miran por el balcón y se dejan gotear por la lluvia.
Pero la lluvia no pone fin
A ese eterno y aburrido cielo azul,
Donde dicen,
Alguien tiene el cabello sedoso
Y unas alas de plumas de garza.
Quien lo carga encima,
Cada mañana,
Sabe de las comicidades del buen ladrón
Que justifica el patrimonio celeste.
Sabe de cucas deterioradas y huevos sidosos,
Castigados,
Porque este no es tiempo de fervor.
Sabe de un hueco en las alturas,
De océanos pestilentes,
De tierras quemadas en ciclos de colosos.
Fue la venganza de la venganza
Aquel rumor de astillas en la noche.
Yo provoqué los sucesos cuando dije:
Si puedes entender el dolor de un obrero,
¿por qué no entiendes el mío?

Título: Todos los poemas
Autor: Miyó Vestrini
Editorial: Mote Avila Editores (que en paz descanse)
Año: 1994
Poemas citados: Zanahoria rallada, Así de simple, Horario, Vidrios rotos
 Uf, qué duro

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