Guy de Maupassant, de Isaak Bábel

0:39



"En el invierno de 1916 me encontraba en San Petersburgo con un pasaporte falso y sin dinero. Me dio asilo el profesor de literatura Rusa Alexei Kazántsev".
Así empieza el homenaje que le hizo Isaak Babel a Maupassant, por eso lleva su nombre.
Por lo demás, es la historia de un traductor entelerido que orina cubitos de hielo durante un invierno Ruso. Sin plata para una paladas de carbón, acepta la invitación de su profesor para hacer una traducción de Maupassant, en compañía de Raisa, la mujer del abogado Berderski, dueño de la editorial Alción, amigo de Rasputín.
Para empeorar su desgracia, la tal Raisa resulta una tetuda traductora "con dos brazas ardientes de ojos libertinos" que jura hallar en Maupassant su "única pasión" y que al mismo tiempo que sacude las tetas despierta en nuestro hambriento traductor una locura tipo Maupassant.
Como todos saben Maupassant tuvo una larga agonía y al final murió loco: cuando se pegó el tiro en la frente convencido de que era inmortal, no se murió, pero llamó al mayordomo para que presenciara cómo se cortaba la garganta y seguía viviendo. Se murió, sí, pero después de una larga agonía en el manicomio.
Babel adoraba a Maupassant.
Todo su magisterio expresado en los cuentos de Odessa, lo aprendió de Maupassant. El día que vinieron los gendarmes de Stalin para llevárselo al campo de concentración de donde nunca volvería, fue una frase de Maupassant la que tuvo a flor de labios:
"!No me dejaron terminar, cabrones...!"
Ese fue su último tributo a Maupassant.
Pero el mejor honor que pudo hacerle al maestro del cuento francés un maestro del cuento ruso Pero volvamos al cuento:
La parejita de traductores, Raisa (¿y Bábel?), trasladan al ruso El idilio de Maupassant: una historia de amor entre un carpintero hambriento que le chupa a una obesa nodriza la leche que le enquista las tetas mientras viajan en un tren destartalado.
La traducción es feliz. El resultado, dice Babel. La Raisa lo invita entonces a dar un paseo por el bosque y nuestro hambreado traductor no desaprovechará oportunidad para deslumbrar a a su colega con una frase del oficio: "no hay nada que penetre más el fondo de un buen corazón que un punto puesto a tiempo".
La tal Raisa acaricia cada palabra susurruda por su colega y repara en dos: penetrar y corazón...
Luego le oye decir con inspirada suficiencia que una frase nace mala y buena al mismo tiempo. Que el secreto está en darle un pequeño giro.
Ella se imagina el giro.
A la semana siguiente traducen La confesión, también de Maupassant: un chofer le dice a su única pasajera en cada viaje "por qué no echamos una cana al aire, ma belle."
La muchachita del cuento de Maupassant prefiere no entender, y responde, timorata: ¿qué eso, monsieur Polyte?
Raisa se ruboriza al traducir el parrafo, saca una botella de vino y le dice a nuestro engerido traductor :
"bebe, monsieur Polyte."
Y nuestro engerido traductor le responde:
"por qué no nos echamos una cana al aire, ma belle."
Y la señorita Raisa responderá:
"Estoy a vuestra entera disposición, monsieur Polyte."
Y esa es la historia.
Ya en la noche, cuando nuestro hambreado traductor vuelva a casa, abrirá una enciclopedia y se pondrá a recordarnos la biografía de Maupassant:

"Esa noche me enteré por Edouard Maynial que Maupassant nació en el año 1850, hijo de un caballero de Normandía y de Laure Lepoiteven, prima de Flaubert. A los 25 años fue atacado por una sífilis hereditaria. Su productividad y la alegría de vivir resistieron la enfermedad. Al principio sufría de dolores de cabeza y ataques de hipocondría. Luego se presentó el fantasma de la ceguera. Su vista se debilitó. Desarrollándose en él la manía persecutoria, la misantropía y la irritabilidad. Luchó frenéticamente, navegó de allá para acá en yate por todo el mediterráneo, huyó a Túnez, a Marruecos, al África central y escribió incesantemente. Conseguida la gloria, se cortó la garganta a los cuarenta años de edad; perdió una gran cantidad de sangre, pero continuó viviendo. Luego le encerraron en un manicomio. Allí andaba a gatas... La última anotación de su expediente médico decía: "Monsieur de Maupassant va animalizándose...
Murió a la edad de cuarenta y dos. Su madre le sobrevivió."

Y así remata Babel:

Leí el libro hasta el final y me levanté de la cama. La niebla se acercó a la ventana, el mundo se ocultó de mí. Mi corazón se encogió.
El presagio de una verdad me había rozado con los dedos."
¿Dijo "dedos", monsieur Babel?

You Might Also Like

1 Deja un comentario

Maneki-Neco

Maneki-Neco

RADIO

FANS