El cobrador de Rubem Fonseca

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No hay criminales más grandes que aquellos niños a quienes se les prometieron carritos que no se cumplieron. Así como hoy existen miles de asesinitos libres por ahí a los que les deben coños, colegios, universidades, hectáreas, respeto, presencia y carritos, también hay puñados de escritores menores de 39 años dedicados a la intertextualidad. Robarse las frases entrecortadas de Fonseca es muy fácil. Lo difícil, es robarse la forma. Porque el estilo no se puede copiar.
Ya quisiéramos leer la historia de un descuartizador de los que ha parido Colombia contada en primera persona y situada en el teatro de operaciones de la pacificación de Urabá en 1994-1997, o en Mapiripán, o en El aro. Colombia todavía no está preparada para esto. No porque las heridas hayan curado mal, sino porque siguen abiertas, purulentas, con los muertos extendidos y las moscas en la boca, y porque sus jóvenes promesas de la literaruta nacional incumplieron.
Con el horror de Colombia no se ha hecho literatura; se ha hecho literatura patética.
Brasil sí ha podido hacer literatura con su horror, por una sola razón: tienen Río de Janeiro, y tienen a Rubem Fonseca.
De Fonseca hasta sus editores dicen que está acabado, que ha decaído, que hace siglos no publica nada que se le parezca a su sombra. Cabrones. Que a los ochenta años le sigan pidiendo a un anciano que supere su propia marca es una infamia.

"Quien quiera mandar en mí, puede quererlo, pero morirá. Tengo ganas de acabar con un figurón de esos que muestran en la tele su cara paternal de bellaco triunfador, con una de esas personas de sangre espesa a fuerza de caviares y champán. Come caviar / tu hora va a llegar./ Me deben una mocita de veinte años, llena de dientes y perfume."
Cuando Rubem Fonseca publicó El cobrador, un volumen con sólo 10 cuentos, venía de una larga pugna contra la censura por devolver otro libro de cuentos llamado Feliz año nuevo a las estanterías. Fonseca era abogado, pero cuando un juez consideró Inmoral su libro, Fonseca no hizo nada para rescatarlo.
¿Por qué? Porque era funcionario publico y defender el libro era quedarse sin empleo.
Así que esperó seis años, entabló la demanda y la ganó.
Feliz año nuevo volvió a escandalizar con sus historia de ejecutivos asesinos. Y Fonseca volvió a publicar y circular libremente en Brasil.
Sólo que ahora traía un as bajo la manga: El cobrador, una obra maestra de la literatura sádica.
El año pasado conocí a uno de los escritores brasileros más prolíficos del siglo pasado. Cuando le declaré mi aficción por Fonseca y le pregunté por él no escatimó en recordarme que Fonseca fue de los intelectuales "indiferentes" a la Junta Militar.
¿Que no hizo oposición?
Para escribir El cobrador hay que ser un opositor rotundo, y para escribir Agosto hay que ponerse en una posición privilegiada (además de ser un testigo insobornable de las dictaduras y de la vida). Es que esto de demoler es un oficio ingrato. La vida que es dolor. La vida que es derrota. La vida que es perder. La vida que está roída por el hambre, por la miseria, por la ciudad, por los políticos y otras bestias parecidas.
La maestría de Fonseca está en asumir la primera persona del singular en sus cuentos más violentos. Con eso elimina toda opinión de escritor para tomar la voz de sus personajes. Generalmente, los personajes de Fonseca son criminales, pero no siempre de la peor ralea, también hay de la mejor: ejecutivos que salen de noche a atropellar indigentes; hay ladronzuelos que salen en fin de año a masacrar, hay cobradores que salen a desayunar con una colt en la pretina y la factura de cobro de todo el amor que les adeudan. Es la fauna que mejor conoce: fue abogado de asignación para criminales que no podían pagar abogados; la mitad de la vida defendiendo a los malos. Amortiguándoles las penas. Sabiendo que eran escoria. El gran arte de Fonseca es el mismo de Shakespeare: comprender los motivos del otro.
¿Para justificarlo?
No.
Para hacernos palidecer.

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